Fábula del perro y el WC

   

Había una vez un perro llamado Toxo, que por ser bello, y por ser simple, vivía en un mundo al cual no le pertenecía el mañana, porque hoy sonaba mejor. Se llamaba libertad.

Un Velero Llamado Libertad by José Luis Perales on Grooveshark

No tenía muchos recursos, pero tampoco los necesitaba, su principal valor en la vida, era cuidar de los suyos y vivir tranquilo. Ser libre como la plantas que le dieron su nombre. 


FOTO:  ROBERTO SEIJO


Pequeño, fuerte, sensible y sobre todo buen perro. Su amabilidad y confianza depositadas en su compañero de viaje eran infinitas. Ese compañero, era yo, el mismo que cada día a las ocho y ocho minutos de la mañana, con voluntad de hierro abría la puerta del mundo, para que mi amigo fiel buscase, rastrease, y se cerciorase de que todo seguía en su sitio, sin cambios.

Era una fría mañana de invierno, el reloj era puntual. Una mañana en la que los termómetros se pusieron de acuerdo dándose la vuelta para mirarnos del revés. Allí estaba, caminando entre la nieve acumulada después de una gran nevada, impasivo. Olfateando meadas competidoras y remeando encima, para enseñar que él era el rey, que nada ni nadie se interpondrían entre él y sus veinte centímetros de altura. Las apariencias le daban igual. Lo interior, sí, lo interior era lo importante. No importaba si los competidores tenían marca o eran del mercadillo como él. La vida era igual para todos, y él trataba a todos por igual.

Pero algo no estaba en su sitio. Por fortuna, su cola rara vez alegre, siguió en su posición original. Estaba confundido. No entendía qué ocurría, no sabía exactamente quién permanecía de pie ante él, pero sabía que estaba en donde nunca había estado antes. No levantaba ni un metro de altura, pero suponía un enemigo en medio de la fría mañana, con intenciones no desveladas, que se entreponía entre él y su camino.




Acercándose lentamente, sin dar un paso atrás, pero con la precaución del buen ahorrador le preguntó de forma un poco desconfiada: –¿Y tú, quién vienes siendo?, ¿hijo de quién eres?-. A lo que el individuo respondió : –Soy tu váter, tu inodoro, tu WC, el mismo que evitará que los malos olores lleguen a ti, el mismo que tapará tus meadas por ti, y todo por muy poco, por menos de lo que piensas, al alcance de tu bolsillo-.

Sonaba bien, un perro de la calle, con pocos recursos, al que nadie nunca nadie le había regalado nada, así de repente, una oferta increíble. Por fin podría tapar meadas sin levantar la pata. Siguió acercándose y preguntó: –¿Qué garantías me ofreces?-. -Las garantías de un buen váter. Mira qué cisterna tengo, mira qué blanco estoy, son muchos años ofreciendo el mejor servicio. Las meadas son tapadas, con agua dulce, sin aditivos, sin malos olores-.



Toxo no estaba convencido del todo, pero le picaba la curiosidad en su hocico, como a buen perro que se precie.
Nadie se pondría en su camino así porque sí, sin tener un buen motivo. Por fin podría tapar todas las meadas del barrio, y sin salir de casa. Sonaba todo tan bonito, su propio váter en exclusiva. Sus padres estarían orgullosos de su retoño, un hijo que avanzaba en la vida. Eso era vivir bien, era calidad de vida.





Y siguió escuchando, pero antes se cercioró de que nadie lo estuviese vigilando. Las oportunidades no se venden, se regalan, se cogen o llámalo equis. ¡Se arrancan si hace falta!

Pero su educación le decía otra cosa: que no era oro todo lo que relucía. ¡Ay la educación!,¡cuánto te quiero!. 
De sobra sabía que nadie te vende duros a cuatro pesetas. Bueno sí, los váteres. No era cuestión de inteligencia, era cuestión de lógica matemática, esa que dice que uno más uno es igual a uno. 

Entonces hizo lo que el sentido común de cualquier perro haría: mear e irse. Y es que su libertad no estaba en venta. Un perro nunca más sería un perro si no pudiese mear donde estimase oportuno. La esencia de la vida no sería la misma. Levantó su pata derecha como de costumbre, y dejó su esencia en el váter con una frase que resonó entre la nieve: -Mi libertad, no se compra con agua dulce convertida en hielo en invierno, y en vapor en primavera-.




MORALEJA:  Como diría Lavoisier: debemos calcular nuestra libertad antes y después de cada una de nuestras acciones y reacciones, ya que nuestra libertad no se crea ni se destruye. Nuestra  libertad se solidifica o se evapora. Mientras tanto, seguiremos meando, y será bueno.
FIN.

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