Historia de un humilde

Historia de un humilde

Cada mañana a las doce acude a su cita habitual con el bidón de la basura. Pantalones vaqueros, camisa azul y un jersey de rombos acompañado de su inseparable mochila de deportes favorita.

Pasaría desapercibido si no fuese por sus grandes ojos azules. Siempre va peinado, con la raya a la derecha, impoluto, pantalón recién planchado y la camisa sin una arruga. Parece el prototipo ideal de hombre de anuncio de la familia tradicional española. Pero no lo es, es Marcin.

Su nombre me hace pensar en  una película de las de antes sobre polacos luchando contra nazis, y luego apoyando a rusos que acaban siendo peores que los nazis. Sí, ese es Marcin, el mismo que cada mañana a las doce acude al basurero que tengo enfrente a mi ventana. Su vida era así, y no faltaba nunca a su cita con la improvisación desde hacía más de doce años.

Marcin, como cualquier hijo de vecino soñó algún día con ser astronauta, lloró cuando Laika llegó al espacio y lloró más cuando supo que no podría regresar junto a su familia. Ahí fue cuando se acabaron todas sus espectativas de futuro en la vida. ¿Para qué ascender si luego no puedes volver a bajar?

En ese momento decidió no ser nunca más un astronauta, y regresó como cualquier hijo de vecino a la realidad. Decidió mantenerse abajo, sin hacer daño a nadie, sin sentirse mal consigo mismo, sin hacer sufrir a nadie. Y así lo hizo.  Durante más de cuarenta años, acudió puntualmente a su trabajo en una fábrica de ladrillos. Era un experto en crear materia que serviría posteriormente para hacer realidad los sueños de muchos miles de personas.

Realizaba su trabajo lo mejor que podía, ayudaba a que su jefe siguiese siendo jefe y una parte de su vida se fundía entre aquellas cuatro paredes durante diez horas al día, dos de ellas gratis para ayudar a la empresa de arcilla, a seguir siendo un castillo de arena.

Todo esto durante más de cuarenta años, hasta que un buen día le dieron las gracias por su labor lo mejor que pudieron, además de una palmadita en la espalda, y se despidieron echando las culpas de todo al mundo que los rodeaba y a los mercados del dinero. El dinero tiene la culpa.

Marcin nunca supo de economía, pero sabía que un trabajo bien hecho nunca se volvería en su contra. Por eso nunca llegó a comprender el porqué de su despido. Toda una vida haciendo lo mejor que sabía hacer, para acabar una mañana enfrente del despertador preguntándose por qué razón debería seguir durmiendo en vez de ir a trabajar.

Desde ese momento decidió seguir la rutina. No quería volver a sufrir, porque él quería ser como Laika antes de ir al espacio, no ser engañado por el bien del mundo. Por eso cada día durante diez horas hacía lo mismo, la ruta por los contenedores de la basura. Todos los días, a las doce en punto enfrente de mi ventana. Y es que el trabajo bien hecho siempre será el menos valorado, pero Marcin sabe que si quieres bajar del espacio y no quedarte mirando al suelo eternamente como Laika,  necesitas hacer el trabajo bien hecho. Solo cuando algo se hace con amor tiene recompensa en modo de conciencia tranquila. Si eres un ser vivo, tienes conciencia. Los que aman su trabajo, aman las cosas bien hechas,aman la vida. Como Marcin, que decidió no ser astronauta para ser humano.

@NoLo 2013

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