La marmota que no sabía nadar

 

Su inmensa tranquilidad propia de un apacible día de otoño se vio truncada por dos pastores alemanes.
– ¿Por qué yo otra vez? ¿No tendrán otra cosa mejor que hacer que molestar a una tranquila marmota?
Y en la encrucijada se ve la espada, y en este caso no había pared, solo un inmenso río lleno de peces nadadores incansables a contracorriente, pescadores en paro, y latas de cerveza que se juntaban con botellas de vodka flotantes, buscando su descanso eterno en el mar, después de albergar en sus entrañas pan y circo para mortales.

Por un momento le sobrevoló el mismo pensamiento de siempre. “¡Qué he hecho yo para merecerme esto!”. Un frío día de diciembre, la primera nevada del año, y yo aún sin saber nadar como los peces de este río”.

No era precisamente el día de la marmota, pero tampoco el día de la buena suerte. Su dieta, que se basaba básicamente en los peces que los pescadores dejaban a un lado de su cesta se estaba acabando. La época de las vacas gordas se había convertido en la época del todo vale. Los herbívoros se convierten en carnívoros por necesidad y los carnívoros sin necesidad en carroñeros. Era la ley del más fuerte, y los ladridos seguían poniéndola en una encrucijada. ¿Morir en tierra o morir en el agua? Cada una de las muertes tenía su punto romántico, de un ataque al corazón debido a un perro que quería jugar o de contaminación por restos de pan y circo de una sociedad.

No había un punto limítrofe, una fina línea invisible que diferenciase la realidad de la ficción. “Porque uno no nace aprendido”, uno tiene que tragar agua si quiere aprender a nadar. Pero nadie te dice, de este agua no beberé, porque en algún momento de tu vida te verás en una situación como la de nuestra amiga la marmota, en la que lo tomas o lo dejas. No existe el “quiero despertarme de este sueño”.

O sí, ese mismo sueño que nuestra amiga la marmota tuvo durante su largo invierno debajo de mantas de hierba congelada y que la despertó sobresaltada, no por los ladridos de los perros, no por el agua contaminada, sino por darse cuenta de que llevaba toda su vida nadando, dejándose llevar por la corriente, y el mar estaba cerca. Y no sabía nadar, a contracorriente

Nolo@2012.  

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